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viernes 3 de diciembre de 2010

FÁRMACOS SIN LÍMITE


La medicalización como reacción automática al síntoma social es el eje de una serie de estudios que analizan las consecuencias de la respuesta química a problemas varios.

Por EUGENIA ZICAVO

Publicado en Revista de Cultura

La medicalización de la sociedad es un fenómeno creciente: cada vez más, problemas no médicos pasan a ser definidos y tratados como tales, siendo instrumento de intereses de mercado vinculados a la expansión de la industria farmacéutica y biotecnológica. La construcción de nuevas enfermedades, el aumento en la prescripción de medicamentos, el encasillado diagnóstico de sentimientos como la tristeza o comportamientos como la timidez (que hasta hace poco se consideraban estados no deseables pero no por ello patológicos) han derivado en una suerte de farmacologización de la vida cotidiana. Un ajuste químico ­con o sin receta­ que aspira a compensar las exigencias de una sociedad que ha refinado los márgenes de su "norma", volviéndola cada vez más excluyente. Los criterios de salud y enfermedad han ido variando según la época y las culturas: las enfermedades también son un producto histórico, una construcción social no exenta de luchas por la imposición de sentidos, en la cual los laboratorios y sus intereses económicos han pasado a ser actores decisivos.

En su libro Medicalización y sociedad , Adrián Cannellotto y Edwin Luchtenberg compilaron una serie de artículos de diferentes autoras, que analizan el proceso de medicalización en la Argentina. Entre ellos, Graciela Natella examina el aumento de la prescripción y consumo de psicofármacos en el campo de la salud mental y la expansión del registro de nuevas enfermedades, en la cual el difundido Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría resultó un instrumento fundamental: en su primera versión consignaba 106 trastornos, llegando a 357 en su última edición.

Por su parte, María Epele explora las consecuencias de la articulación entre medicalización y criminalización del consumo de drogas en poblaciones marginadas y cómo el dispositivo judicial-policial-sanitario confluye con las lógicas de opresión político-económicas que afectan el acceso al derecho a la salud.

Epele es también autora de Sujetar por la herida , una etnografía sobre drogas, pobreza y salud, publicado este año, en el que aborda los complejos vínculos entre los usuarios de drogas y los sistemas de salud y las tensiones entre "enfermedad" y "delito".

La administración de psicofármacos a niños con problemas de conducta o aprendizaje es analizada por Beatriz Janin, que toma como eje el diagnóstico más extendido actualmente entre los niños en edad escolar: el trastorno por déficit de atención, con o sin hiperactividad, que permite ubicar diversas conductas infantiles bajo un mismo rótulo, con su correspondiente tratamiento farmacológico.

No es una novedad que las instituciones disciplinarias como la escuela necesitan cuerpos dóciles. Pero si antes debían esforzarse para administrar dispositivos que resultaran efectivos, hoy la sumisión a la norma se logra con una pastilla. Los niños la toman para "portarse bien", para no molestar. Los padres los mandan al colegio medicados, en vez de buscar respuestas alternativas (en EE.UU. están medicados aproximadamente el 10% de los niños menores de 10 años).

A propósito del escenario descripto por Janin, es preciso recordar que las representaciones de la infancia dependen de cada momento histórico, así como la tolerancia o condena social hacia ciertos comportamientos infantiles. Por ejemplo, cuando Erasmo de Rótterdam escribió su manual para el comportamiento de los niños en 1530, el modelo valorado era el de la infancia piadosa, disciplinada y obediente.

La imagen del niño era negativa.

La teología cristiana elaboró una imagen dramática de la infancia: el niño como símbolo de la fuerza del mal. Durante siglos, filósofos y teólogos expresaron un verdadero miedo hacia los niños; si había interés en su educación, era porque se los creía malos por naturaleza.

A la luz de la historia, caben plantearse algunos interrogantes: ¿Cuáles son hoy las condiciones culturales en las que se determina una patología según la cual los niños inquietos, distraídos o que no muestran interés en la escuela son diagnosticados como deficitarios o trastornados? ¿No será que la educación que reciben no les resulta tan estimulante? ¿Se habrá instalado un nuevo temor hacia la infancia? La oferta actual de medicamentos está en sintonía con una de las demandas de la sociedad contemporánea: las soluciones inmediatas. Rápidamente, los fármacos hacen desaparecer los síntomas incómodos permitiendo mantener los patrones de rendimiento esperados (tanto para los adultos como para los más chicos). A cada nueva "enfermedad" le corresponde un novedoso remedio especializado; a cada nuevo síntoma, un profesional presto a recetar. La promesa está instalada: la quietud, la atención e incluso la felicidad esperan en el mostrador de la farmacia. Tienen la forma de una pastilla, sólo hace falta comprarla.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola!
Soy una maestra muy interesada en el tema, porque es cierto que hoy en día en seguida se medica a los niños que se consideran incontrolables, cuando en muuuchos casos, la única patología que tienen es la carencia de normas claras y constantes.
Me ha parecido interesante el artículo, aunque no me ha gustado nada la parte que dice que se les medica para que en el colegio se porten como los demás y no den guerra, puesto que no somos los maestros quienes medicamos a los niños o tomamos la decisión de hacerlo sino sus padres. Habrá casos de todo tipo, pero muchos de los casos que yo he visto, han sido niños que diagnosticados enfermos y medicados porque sus padres no eran capaces de controlarlos en casa, no inculcándoles normas ni siendo conscientes en las pocas que se establecían.
El trabajo de los maestros hoy en día no es nada fácil, y lo digo desde la más absoluta vocación hacia mi labor, precisamente porque la mayoría de los padres con hijos problemáticos buscan a los culpables fuera de casa así como la solución en algo externo, que son los fármacos, cuando deberían plantearse cómo están educando a sus hijos. Y cuando digo la mayoría, es porque siempre hay excepciones, pero el mayor número de horas de su infancia, los niños lo pasan fuera de la escuela, y por ello, si en casa no hay implicación y se delega todo en profesores, médicos, cuidadores, etc. los niños núnca recibirán toda la educación que necesitan. Y esos niños, un día serán adolescentes, y los padres dirán que les ha salido problemático. No adolescentes no salen de repente problemáticos, se van formando desde su infancia.

Rosina Uriarte dijo...

Hola,
estoy de acuerdo, los problemas normalmente vienen de mucho antes cuando se quejan de los adolescentes. Es desde la Educación Infantil que debemos ocuparnos de cualquier cosa que nos preocupe en los niños y no "esperar a que madure por sí mismo"...
Por desgracia, en muchísimos casos se presiona a los padres para que mediquen a sus hijos desde el colegio. Ésta es una realidad que se ve todos los días. Y no es justo que a un niño se le medique para que sea más "fácil" de convivir con él, tanto sea en el colegio como en el hogar.
Es cierto que los profesores tenemos una labor dura. Pero no te puedes hacer una idea de lo duro que es ser madre o padre de un niño hiperactivo. No lo sabes hasta que te toca, y es muy injusto pensar que los niños no asumen normas por culpa de los padres. Los niños hiperactivos no asumen normas porque ésta es una de las características que determinan este trastorno y su causa está en un mal funcionamiento de las áreas cerebrales que regulan la conducta.
Las madres sufrimos con el problema en nuestro hijo y además con la injusticia del mundo entero que se atreve a darnos consejos sobre cómo educar a nuestro hijo (cosa que probablemente necesitemos desesperadamente por otra parte) y que se ocupa de juzgarnos en nuestra labor como madres.
Hay una gran incomprensión entorno al TDA-H.
Con esto no digo que no existan casos en los que la negligencia en la educación del niño sea la causa directa del diagnóstico del TDA-H, pero en general pienso que los padres lo hacemos lo mejor que podemos y nos esforzamos por hacer las cosas bien con nuestros hijos. Igual que los profesores con sus alumnos. Al menos debemos partir de esta idea, aunque luego haya de todo...
Mucha de la culpa de los problemas que vivimos unos y otros es el desconocimiento del problema, la falta de información.
Lo importante es buscar cómo ayudar al niño y no sólo "acallar" el problema durante las horas que hace efecto la pastilla.
Saludos,
Rosina